martes, 21 de enero de 2014

Se cayó a las fauces del mundo 

Añejo. Añejo el trapo, descompuesto. Tirado, abrumado, hostilmente desgarrado. Desgarbado. Ojeroso. Trapo sin lustrar, trapo de mocos y de moscas. Pocilga de seres zumbantes de ocho patas y ojos. El arsenal en descomposición, el bodegón abandonado. El perro del vagabundo y sus rastas. El recorrido diario de una cucaracha y sus pliegues de corteza. El hueco de las avispas. La sombra.
Añeja la sombra, el desperdicio.
Lejos de las cortes modernas (donde brilla la ilusión).
Se reconfortó, no pudo evitarlo, quitando la grasa de un viejo automóvil. Limpiando las entrañas del ser metálico, tan diferentes a las suyas propias. Se dejó olvidar en el suspiro la elegancia, y como si fuera a contener otra de estas mínimas evacuaciones, sostuvo unos instantes la mandíbula contra el cráneo, deseoso de hacer lo contrario. De soltar el grito de la desesperanza.
Ya era tarde en su rincón, no en el mundo quizá.
Ya era noche y madrugada, tan lejos del amanecer, separado por una sucesión de trenzas tejidas con alambre, ese sol herrumbrado que demoraría en alzarse a pesar de lo que el reloj dicta. Esas sombras que se adherían a lo gelatinoso en su órgano visual, el pesimismo.
Añejo el muñeco miró las horas pasar por una carretera insulsa, como miles de mosquitos en un verano pegajoso. El acantilado se abría indecente a los ojos de una o dos lunas menguantes. El viento quiso empujar los restos del trapo, pero se contuvo en su última demostración empática. El muñeco, entonces, supo que había un vacío entre sus propias piernas jirones y el acantilado. Y sin pensarlo más, con la sumisión del árbol cortado, cayó lento, fatigado, a las fauces del mundo.
¡cuál sería la sorpresa al notar la conciencia viva, el pulso constante, el reloj sonando aún descompuesto entre los dientes de la enorme boca!
Al fondo, el mundo era la carretera y los mosquitos. En lo más hondo se sentía el zumbido constante de aquellas máquinas transportadoras, el ruido de la industria transformado en un silencio provisorio… y el rumor de su sangre despidiéndose se perdía en esta turba de automóviles efímeros. Había perdido las piernas, pero siempre podía conseguir algún sustituto de metal como sustento. Un par de bases estrechas para las que debía arrastrarse; tronco de muñeco ensangrentado cruzando la carretera con el impulso de sus manos aún vivas.
…
Sin piedad automóviles zumban y escrachan a su paso todo lo falto de prisa; son entes de un segundo en movimiento que dejan sus fatales huellas: dos líneas sobre el camino y sobre todo lo que el camino atraviesa. El muñeco es ágil y esquiva las embestidas del metal cinético, pero sus ritmos se acompasan a los de un mediodía invernal: no puede atravesar los pentagramas del metal neo-clásico con sus compases suaves de tugurio de jazz. Triste, triste y roto balancea lo que queda de sí para cruzar a dónde la conciencia le dicta. (Es increíble la capacidad de permanencia de una conciencia en lo material, si bien lo segundo se difumina y se desgasta, lo primero perdura como si se tratara tan sólo de un hálito que flota intangible sobre el cuerpo. )
Con el impulso de una voluntad radical llega estremecido al otro lado para comprobar que ha cruzado, no sólo la distancia geográfica de la carretera, sino que también el velo incoloro de los dos mundos a los que pertenecía. Tras el esfuerzo de saltar y arrastrarse muriendo, la envoltura de un sueño sosegado lo aprisiona y libera del stress; se deja arrastrar ahora, se deja fluir, por las causes de un nuevo río apacible y lento sin prever nada. Sonríen los restos de sus comisuras adheridas a los neumáticos con sangre.
Soltó un suspiro antes de ser arrancado y en el soplo regó sobre todo lo existente su trozo de integridad compuesta, se deshizo mucho antes de saltar en el acantilado y esparció cenizas energéticas que fueron felices a recomponer la escencia del mundo.  Sin saberlo, contribuía con órdenes a los que siempre fue escéptico.

Y esa es la historia.  

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