Se cayó a las fauces del mundo
Añejo. Añejo el trapo, descompuesto. Tirado, abrumado,
hostilmente desgarrado. Desgarbado. Ojeroso. Trapo sin lustrar, trapo de mocos
y de moscas. Pocilga de seres zumbantes de ocho patas y ojos. El arsenal en
descomposición, el bodegón abandonado. El perro del vagabundo y sus rastas. El
recorrido diario de una cucaracha y sus pliegues de corteza. El hueco de las
avispas. La sombra.
Añeja la sombra, el desperdicio.
Lejos de las cortes modernas (donde brilla la ilusión).
Se reconfortó, no pudo evitarlo, quitando la grasa de un
viejo automóvil. Limpiando las entrañas del ser metálico, tan diferentes a las
suyas propias. Se dejó olvidar en el suspiro la elegancia, y como si fuera a
contener otra de estas mínimas evacuaciones, sostuvo unos instantes la
mandíbula contra el cráneo, deseoso de hacer lo contrario. De soltar el grito
de la desesperanza.
Ya era tarde en su rincón, no en el mundo quizá.
Ya era noche y madrugada, tan lejos del amanecer, separado
por una sucesión de trenzas tejidas con alambre, ese sol herrumbrado que
demoraría en alzarse a pesar de lo que el reloj dicta. Esas sombras que se
adherían a lo gelatinoso en su órgano visual, el pesimismo.
Añejo el muñeco miró las horas pasar por una carretera
insulsa, como miles de mosquitos en un verano pegajoso. El acantilado se abría
indecente a los ojos de una o dos lunas menguantes. El viento quiso empujar los
restos del trapo, pero se contuvo en su última demostración empática. El
muñeco, entonces, supo que había un vacío entre sus propias piernas jirones y
el acantilado. Y sin pensarlo más, con la sumisión del árbol cortado, cayó
lento, fatigado, a las fauces del mundo.
¡cuál sería la sorpresa al notar la conciencia viva, el
pulso constante, el reloj sonando aún descompuesto entre los dientes de la
enorme boca!
Al fondo, el mundo era la carretera y los mosquitos. En lo
más hondo se sentía el zumbido constante de aquellas máquinas transportadoras,
el ruido de la industria transformado en un silencio provisorio… y el rumor de
su sangre despidiéndose se perdía en esta turba de automóviles efímeros. Había
perdido las piernas, pero siempre podía conseguir algún sustituto de metal como
sustento. Un par de bases estrechas para las que debía arrastrarse; tronco de
muñeco ensangrentado cruzando la carretera con el impulso de sus manos aún
vivas.
…
Sin piedad automóviles zumban y escrachan a su paso todo lo
falto de prisa; son entes de un segundo en movimiento que dejan sus fatales huellas:
dos líneas sobre el camino y sobre todo lo que el camino atraviesa. El muñeco
es ágil y esquiva las embestidas del metal cinético, pero sus ritmos se
acompasan a los de un mediodía invernal: no puede atravesar los pentagramas del
metal neo-clásico con sus compases suaves de tugurio de jazz. Triste, triste y
roto balancea lo que queda de sí para cruzar a dónde la conciencia le dicta.
(Es increíble la capacidad de permanencia de una conciencia en lo material, si
bien lo segundo se difumina y se desgasta, lo primero perdura como si se
tratara tan sólo de un hálito que flota intangible sobre el cuerpo. )
Con el impulso de una voluntad radical llega estremecido al otro
lado para comprobar que ha cruzado, no sólo la distancia geográfica de la
carretera, sino que también el velo incoloro de los dos mundos a los que
pertenecía. Tras el esfuerzo de saltar y arrastrarse muriendo, la envoltura de
un sueño sosegado lo aprisiona y libera del stress; se deja arrastrar ahora, se
deja fluir, por las causes de un nuevo río apacible y lento sin prever nada.
Sonríen los restos de sus comisuras adheridas a los neumáticos con sangre.
Soltó un suspiro antes de ser arrancado y en el soplo regó
sobre todo lo existente su trozo de integridad compuesta, se deshizo mucho
antes de saltar en el acantilado y esparció cenizas energéticas que fueron
felices a recomponer la escencia del mundo.
Sin saberlo, contribuía con órdenes a los que siempre fue escéptico.
Y esa es la historia.
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